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De cuando la diversidad se rebeló

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Habitar mundos diversos es un privilegio. Vista desde la metrópoli la aldea tiene otro sentido y así recíprocamente. Ya Mariátegui lo había vislumbrado cuando reveló que fue recién en Europa cuando descubrió América. Sucede que solo siendo nativos de una pluralidad de mundos es posible entender, por ejemplo, que la palabra sencilla, arraigada en la sabiduría ancestral de quienes cohabitan con la tierra y sus misterios más profundos, tiene tanto valor como la que fluye en los receptáculos postmodernos del conocimiento: el libro, ahora digital, las redes, las imágenes siempre vertiginosas y la eterna, pero cada vez más tenue, memoria urbana. Sin embargo se trata de mundos aislados, es decir erigidos en islas, y que así permanecerán en tanto no sean expuestos a la luminiscencia de encuentros por obra de las palabras que, como bien sabemos, crean universos cuando son fraternas y sensibles a las texturas de lo diferente. De perseverar en lo contrario esos mundos están condenad...

Testigo de cargo

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V i ciudades desoladas, como arrasadas por seculares guerras, mientras vientos de odio recorrían sus calles y el miedo erigía su reino a plena luz del mediodía Vi a niños guaraníes envejecidos frente a una descolorida bandera mientras una patria avara les robaba su niñez Vi los últimos días de una utopía traicionada en una Praga que abría los brazos a Benetton y Mc Donald confundiéndolas  con la felicidad   Vi a mujeres desoladas esperando el regreso de sus hombres extraviados en una mina, la zafra argentina o los laberintos del alcohol Vi a indios mayas descendiendo desde las montañas del Peten y cómo entre las brumas del amanecer parecían ser solo sombras Vi al Zambo Cavero amanecido entre fraternales piscos en el Callao y comprendí que la música es vital para continuar viviendo Vi a los pescadores del Pilcomayo sorprendidos por el amanecer regresando con las manos vacías al triste rancherío Vi a niños furtivos encontrand...

La soledad de los wehenayek

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E ntre las cosas que mi memoria decidió no olvidar, como solía decir Borges, está aquel día de junio de hace ya más de 20 años cuando por primera vez llegue al territorio wehenayek. Fue un largo recorrido por las comunidades de las márgenes del Pilcomayo, bajo un sol que no daba tregua, pero recompensado por un paisaje desmesurado y por las sabrosas conversaciones con los lugareños, pescadores la mayoría de ellos. Diálogos en los que sin embargo todavía primaba la desconfianza, muy justificada por cierto, tal como lo llegaría a comprobar más tarde. Para mi fue adentrarme en un mundo maravilloso y absolutamente diferente al que había conocido hasta ese momento, a pesar de que ya llevaba un buen tiempo trabajando con las comunidades guaraníes de lo que hoy se conoce como el Itika Guazú, en el extenso Chaco tarijeño. Y “diferente” quizás sea la palabra más apropiada para describir ese momento y también lo que llegaría a descubrir luego en innumerables caminares y ya de la mano ...
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Ismael Lo, una voz africana que vale la pena escuchar...

Sobre "Si aun queda llanto en tus ojos"

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Según los historiadores de la literatura (don Jorge Siles Salinas por ejemplo), el grueso de la gran “narrativa boliviana de la Guerra del Chaco” fue producida en los años inmediatamente posteriores a la conclusión de la guerra (es decir, en el periodo entre 1935 y 1940). Testimonial y política, esa literatura parecía no poder esperar a trazar su acercamiento a un experiencia absurda, fantasmal y traumática. Pero ese corpus de textos inicial no ha dejado de enriquecerse en las siete décadas posteriores: los bolivianos nunca hemos dejado de escribir sobre la Guerra del Chaco. Esta novela, de un joven escritor, es un caso ilustrativo. Reconstruye, indirecta y casi reticentemente, ya desde el cautiverio y la derrota, la suerte de un personaje, Rómulo López Flores, sobreviviente del cerco de Boquerón. En ello, es una novela legible e interesante, que merece ser leída. (Reseña en Nueva Crónica). De venta en Librería Plural

Sobre chinos, aimaras y lo global plebeyo

Son las seis de la mañana, unas cuantas horas más y tomo mi vuelo a Santa Cruz. La sala de espera del aeropuerto de San Pablo se parece más a un hospital de guerra que a una moderna terminal aérea. Gente tendida en el suelo intentando dormir, mientras otros apresurados buscan la puerta indicada para abordar su avión. En casi todos se revelan rostros cansados, insomnes, pero también miradas donde ya es posible intuir la calidez de prontos reencuentros. Frente a mí, en las proximidades de la puerta de embarque A 24, un grupo de bolivianos duermen a pierna suelta. Al cabo de un rato uno de ellos despierta y sorprendido me mira por un momento, luego, desconfiado, dirige los ojos a su equipaje de mano. Todo está en orden y no hay nada que temer. Y una vez vencidas somnolencia y desconfianza iniciales comienza la fraternal conversa. Es un grupo de comerciantes paceños, aimaras, que están de regreso de una feria en China. A esta inicial presentación por supuesto sobrevienen las pregun...

El retorno de las palabras perdidas

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Quienes creían que las palabras esenciales se habían perdido para siempre, hoy pueden escribir su propia fe de erratas. Las palabras francas, transparentes y sin tapujos, en estos días alzan su libre vuelo en el universo virtual de las redes sociales y ya liberadas de los claustros escolásticos o de las celdas del poder, por fin dejaron de ser exclusividad de escribidores profesionales o de cortesanos de oficio. Estamos viviendo una verdadera revolución del lenguaje, que a su vez está propiciando otras revoluciones también verdaderas. Palabras que convocan a solidaridades antes impensadas, palabras que emplazan a alzamientos inimaginables y palabras que a todos nos interpelan, incluidos a aquellos que creyeron que en la soledad de su habitación habían encontrado un refugio seguro frente a los malestares del mundo. Son fugaces, mas no efímeras, su esencia está en su pequeñez -140 caracteres en el Twitter algo más en el Facebook- y a su manera reconquistan los territorios que arterame...

La Choledad

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  El azar no es una casualidad, me dijo una tarde habanera don Miguel Mármol, ese ya ausente y siempre entrañable revolucionario salvadoreño. Para luego enseñarme que al azar le precede una serie de acontecimientos que al ordenarse de una determinada manera hacen que las cosas ocurran de una forma y no de otra. Un orden regido por insondables misterios y al que nos está vedado acceder o de lo contrario la magia que precede al advenimiento de esas cosas inesperadas inevitablemente se desvanecería. El azar nunca me fue ajeno y siempre lo consideré un apreciado compañero en mis múltiples caminares. Y precisamente fue el azar el que me condujo, una noche limeña ya lejana, a encontrar a uno de los seres más entrañables que la vida me deparo conocer. Pues travesuras del azar se hicieron presentes cuando fuimos amablemente expulsados de “Las brisas del Titicaca” ante la inminente caída de su portentosa techumbre de calamina duramente castigada por el salitre costeño y, después de much...

Su aun queda llanto en tus ojos

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Esta mi novela está circulando desde hace dos meses, y ya me llegaron algunos comentarios generosos, copio un extracto de uno de ellos.   "Se trata de una novela breve, preciosa, conmovedora, en la que el trama es testimonial y vibrante; el relato es expresado en un lenguaje sencillo, casi coloquial, adornado de sutilezas literarias de cálida   percepción".  Gastón Cornejo Bascopé

país

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¿a qué voces acudiremos para nominar el más entrañable de tus misterios? ¿es que tendrán nuestras palabras el poder de restituirle la dignidad a tu tiempo? ¿serán nuestras voces las que rompan el más antiguo de tus silencios? ¿tendrás la forma de nuestros sueños, territorio a la intemperie, país, país? ¿nos dejarás en el desamparo del olvido y sin la memoria de tus días y de tus noches, sin los rostros ni los nombres que nos den la certeza elemental de haberte un día lejano habitado? ¿es que seremos para siempre, país, apenas huellas en el viento o fantasmas convictos de un destino de eternas dudas? país, país, todavía no es el invierno pero sentimos frío y hace mucho tiempo que nuestras palabras olvidaron la caligrafía de la esperanza