Voz con la que los guaraníes nombran al
papel, "Piel de Dios" en español


9 de febrero de 2012

El retorno de las palabras perdidas

Quienes creían que las palabras esenciales se habían perdido para siempre, hoy pueden escribir su propia fe de erratas. Las palabras francas, transparentes y sin tapujos, en estos días alzan su libre vuelo en el universo virtual de las redes sociales y ya liberadas de los claustros escolásticos o de las celdas del poder, por fin dejaron de ser exclusividad de escribidores profesionales o de cortesanos de oficio.

Estamos viviendo una verdadera revolución del lenguaje, que a su vez está propiciando otras revoluciones también verdaderas. Palabras que convocan a solidaridades antes impensadas, palabras que emplazan a alzamientos inimaginables y palabras que a todos nos interpelan, incluidos a aquellos que creyeron que en la soledad de su habitación habían encontrado un refugio seguro frente a los malestares del mundo.

Son fugaces, mas no efímeras, su esencia está en su pequeñez -140 caracteres en el Twitter algo más en el Facebook- y a su manera reconquistan los territorios que arteramente le habían sido arrebatados al aforismo, esa manera desfachatada y contundentemente breve a la que apelaron para perpetuar verdades esenciales sabios de todos los tiempos. Como escribe Antoni Gutiérrez “Amamos lo breve por su naturaleza de principio, de pilar, de fundamento. Porque necesitamos construir lo complejo desde lo básico. Porque necesitamos certezas, que son más valores que teorías”.

Así, palabrejas como “oficial” o “formalmente” por fin están dejando de tener sentido, porque no hay una voz autorizada, son muchas y diversas, contradictorias con frecuencia, y las formas, siempre dictadas por la moral de turno, languidecen frente a furiosos arrebatos de pasión por amores irremediablemente perdidos, ante justas indignaciones contra los que desde siempre jugaron haciendo trampas o errores de ortografía que deben estar quitando el sueño a los solemnes viejitos de la Real Academia de la Lengua dizque española.

Las congojas amorosas ahora son tan vertiginosas como públicas, las causas perdidas por fin encontraron el rumbo de sus certidumbres y la política nunca más volverá a ser la misma, pues como escribía en el muro virtual un indignado español “si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”. Así de claro, así de breve.

Y la política no será la misma porque ahora está más vigilada y los exabruptos del poder son castigados por una nueva ciudadanía ecuménica que dialoga, delibera y encuentra sentidos comunes en un mundo presa de seculares inequidades y de desafíos que ponen en duda la propia existencia de la especie, pero como nunca antes tan fraternalmente empequeñecido por las comunicaciones de nueva generación, verdad que todavía muy afincadas en la clase media, pero que ojalá cada vez sean más incluyentes y de esa manera den voz a quienes hasta ahora fueron silenciados.




29 de abril de 2011

La Choledad

 El azar no es una casualidad, me dijo una tarde habanera don Miguel Mármol, ese ya ausente y siempre entrañable revolucionario salvadoreño. Para luego enseñarme que al azar le precede una serie de acontecimientos que al ordenarse de una determinada manera hacen que las cosas ocurran de una forma y no de otra. Un orden regido por insondables misterios y al que nos está vedado acceder o de lo contrario la magia que precede al advenimiento de esas cosas inesperadas inevitablemente se desvanecería. El azar nunca me fue ajeno y siempre lo consideré un apreciado compañero en mis múltiples caminares.


Y precisamente fue el azar el que me condujo, una noche limeña ya lejana, a encontrar a uno de los seres más entrañables que la vida me deparo conocer. Pues travesuras del azar se hicieron presentes cuando fuimos amablemente expulsados de “Las brisas del Titicaca” ante la inminente caída de su portentosa techumbre de calamina duramente castigada por el salitre costeño y, después de muchos intentos frustrados por retomar la malograda noche, terminamos recalando en una remota peña criolla en el Callao.

No bien entramos y fuimos parte de un corrillo que en estricta confidencialidad circulaba entre los parroquianos. “Al amanecer suele llegar el Zambo Cavero”, era la consigna en cuestión y efectivamente, después de varias rondas de fraternal pisco, hizo su aparición un ser monumental, inmensamente gordo, un mulato cuya zamba cabellera ya era casi toda blanca. Quien sin mediar palabra alguna ocupo el centro del local que hacía de escenario y luego de un cómplice intercambio de miradas con los músicos, se largo con nada menos que “Cada domingo a las doce”. Es decir: Cuando tengas que partir / quiero que sepas / que estaré pensando en ti /todos mis días / vivirás en mi alegría y mi tristeza / reinarás en el altar del alma mía / al partir me dejarás tus agonías / que en la casa que sin ti / quedó muy triste / Nadie ocupará el lugar que tú tenías / porque se murió mi amor cuando te fuiste.

Esa noche quedó para siempre entre las cosas que mi memoria eligió no olvidar, como alguna vez escribió Borges, me unió irremediablemente a la música peruana, pero sobre todas las cosas me hizo pensar seriamente en algo que intuía era parte de mi abigarrada identidad, pero que casi por descuido la tenía por ahí adormecida, acechante y que solo el generoso alcohol, muy frecuentado en esa época, la ponía a flote. Me refiero nada menos que a mi íntima choledad.

Sí, la choledad, ese dialogo con frecuencia violento entre nuestra casi racial soledad y la desbordante, multicolor y diversa, brutal, realidad que nos rodea en países donde, como en el Perú o Bolivia, “todas las sangres se mezclaron” a decir de José María Arguedas. No es el mestizaje, sociologicamente bendecido, antropológicamente condenado y desde la pragmática política siempre instrumentado, sino la apasionada construcción de una forma de ver y estar en el mundo y la cotidiana adscripción a un universo que siempre se les antojará grosero y de mal gusto a quienes defienden purezas de cualquier tipo.

Apelativos como “colorinche”, “chabacano” o “choleado” pretenden condenarla y vanamente descalificarla, pero la choledad, siempre ajena a la moral de turno, se erige por encima de las reglas del buen vestir, del sentir correcto, opaco y autocensurado, y es, a su manera, una incontinencia de sentimientos a veces inconfesables, porque así como frecuenta lo egregio no le es ajeno lo mórbido.

¿De dónde proviene esa inconmensurable soledad que subyace a la choledad? Tal vez de inconfensables dolores, de ausencias sin sosiego, de encuentros incumplidos o con seguridad también de reminiscencias a tiempos remotos, pues lejos de ser el benigno “crisol de razas” de la historia oficial, en sus orígenes la choledad fue ruptura y violación, destierro y dolor, el irremediable fin de un mundo cuyo sacrificio sirvió para dar lugar a uno nuevo. No en vano, ya Gracilazo, atribuye a cholo el significado de perro, que supuestamente provendría del vocablo aymara chulé.

Muchas poesías se escribieron desde la choledad, pero quizás nadie como César Vallejo, la haya expresado de manera más contundente. No en vano él mismo era conocido como el “Cholo” Vallejo y si hasta ahora les resulta difícil a los estudiosos clasificar su poesía en una determinada corriente poética, es precisamente porque ésta habita el reino de la choledad, es decir, escabulléndose de todo academicismo fatuo, está impregnada toda ella de pasión, soledad y las alquimias propias de un mundo indescifrable para quienes miran la vida con arrogancia.

Su música emblemática son sin duda el valcesito peruano y el bailecito boliviano, así en diminutivo, pues dicho sea de paso, nombrar en diminuto a las cosas es la forma por excelencia de expresarse que tiene la choledad, no es vaso, es vasito, no es vida es vidita, no es amor es amorcito, y no por el afán de concebirlas menos grandes, sino solo con el propósito de hacer evidentes afectos en cada palabra. O quizás también, por una delicadeza propia de quienes se ven obligados a pedir disculpas en cada momento de su existencia.

Los imbuidos de choledad lloramos con pasmosa facilidad, sobre todo cuando entre pecho y espalda nos habita un trago demás. Pero sea dicho en nuestro favor que en verdad hay que ser muy severos para no gemir escuchando ciertos valcesitos y bailecitos en los que sinceramente sentimos que con la última nota la vida irremediablemente se nos va.

“Nada más apasionado que el corazón de un cholo” escribió alguna vez nuestro Zavaleta Mercado, él mismo imbuido de vasta choledad, y quizás nada como la palabra pasión describa de mejor manera a la choledad. Porque pasión, en sus seis proféticas letras o en complicidad con otras, cobija significados propicios para nombrarla. Com-pasión, a-pasion-ado, pasión-aria, en fin apelativos de formas de existir en el mundo imbuidas de profundos y a veces contradictorios sentimientos, como son la solidaridad y el egoísmo, el amor desenfrenado, pero también vehementes y seculares odios, propios de quienes en muchas circunstancias fueron obligados a contemplar el discurrir de la vida desde la marginalidad, el dolor y la exclusión.

28 de diciembre de 2010

Su aun queda llanto en tus ojos

Esta mi novela está circulando desde hace dos meses, y ya me llegaron algunos comentarios generosos, copio un extracto de uno de ellos.
 
"Se trata de una novela breve, preciosa, conmovedora, en la que el trama es testimonial y vibrante; el relato es expresado en un lenguaje sencillo, casi coloquial, adornado de sutilezas literarias de cálida  percepción". Gastón Cornejo Bascopé



1 de abril de 2010

país

¿a qué voces acudiremos para nominar
el más entrañable de tus misterios?
¿es que tendrán nuestras palabras
el poder de restituirle la dignidad a tu tiempo?
¿serán nuestras voces las que rompan
el más antiguo de tus silencios?
¿tendrás la forma de nuestros sueños,
territorio a la intemperie, país, país?
¿nos dejarás en el desamparo del olvido
y sin la memoria de tus días y de tus noches,
sin los rostros ni los nombres
que nos den la certeza elemental
de haberte un día lejano habitado?
¿es que seremos para siempre, país,
apenas huellas en el viento o fantasmas
convictos de un destino de eternas dudas?
país, país, todavía no es el invierno
pero sentimos frío y hace mucho tiempo
que nuestras palabras
olvidaron la caligrafía de la esperanza

13 de octubre de 2009

Los bolivianos


Recorrer la historia de este país, más allá de los lugares comunes cifrados en las fábulas oficiales de todo cuño, es una aventura que con seguridad no discurrirá sin frecuentar el dolor y la nostalgia. Es que en verdad las cosas no se dieron fáciles en estas tierras, repetidamente vientos de odio azotaron las calles de sus ciudades, con demasiada frecuencia nos supimos sobrevivientes en un país siempre al borde del abismo y el olvido se enseñoreó de sus campos donde en muchos de ellos la vida se asemeja más a un milagro, a un terco y afanoso aferrarse a la vida, que al gozo de un maravilloso y plácido perseverar sobre la tierra.

Pero aquí estamos y aquí estaremos a pesar de todas las adversidades. Porque la tenacidad y el trabajo, honrado y creador, no nos son ajenos. A pesar de las agoreras profecías que hablan de un país inviable nos aferramos a estas tierras como en su tiempo lo hizo Nicolás Flores, el primer criollo nacido vivo en las alturas potosinas cuando nadie creía que ello era posible, “parido el día de natividad, vivió y fue el primero que se logró de los que en Potosí nacieron” como cuenta un cronista de la época, que también afirma que el cura a tiempo de bautizarlo sentenció “porque Nicolás te llamas, vivirás”.

Y siempre que pienso en la tenacidad de los bolivianos se me viene a la memoria las historias que escuche de labios de Mbaranday Machirope, un líder guaraní chaqueño ya muerto, cuyo abuelo caminó durante meses desde su natal Ñaurenda hasta la lejana Sucre, entonces la sede del gobierno, pues esto ocurrió en el siglo XIX, cuando gobernaba Mariano Baptista. Reclamaba sus tierras, esgrimiendo para ello un viejo título colonial donde el Virrey de Toledo les concedía la propiedad de ellas. Nadie le llevo el apunte en la aristocrática ciudad, pero a su regreso el viejo guaraní hizo jurar a toda su familia que ese título pasaría de generación en generación hasta que finalmente se cumpla, al nieto Mbaranday, un siglo después, le correspondió consumar ese designio. Y a él un siglo nunca le pareció demasiado tiempo, tal vez por lo sabio que con certeza era y acaso también porque escuchó ese chamamé chaqueño que dice que “la paciencia es la vieja ciencia con la que los pobres cambian la historia”.

Tenaces también fuimos los bolivianos en Boquerón. En efecto, de todas las dolorosas circunstancias que le toco padecer al país en los tiempos de la guerra chaqueña, Boquerón es quizás la que de manera más lúcida simboliza el empeño de la nación por llegar a ser a pesar de todas las adversidades. Porque además de la grandeza épica de la hazaña bélica de Marzana y de ese ejército de seres harapientos pero luminosos que junto a él se inmolaron en el cerco paraguayo, Boquerón es un hecho social que perdura hasta nuestros días. En la construcción del imaginario nacional es el mentís más formidable a los discursos negadores de la viabilidad de Bolivia como nación y que con el tiempo habrían de cristalizar en lo que Francovich llamó el “mito del destino adverso”. Así, de la llamarada chaqueña, emergerá además de una conciencia nacional, el sentimiento de que aún desde las ruinas Bolivia puede llegar a ser. En ese poder ser está la clave del destino posible de la nación.

Pero en estas tierras hay heroísmos de toda estirpe. Solo hace unos días el Clarín de Buenos Aires entrevistaba a Rubén Darío Suárez, un joven cruceño que hizo realidad uno de los proyectos culturales más relevantes de estos tiempos. Recopilando partituras de las misiones Chiquitanas del siglo XVII, la Orquesta Sinfónica Boliviana Hombres Nuevos se convirtió no solo en un referente mundial en este tipo de música, sino igualmente en una oportunidad de vida para cientos de niños y niñas. “Esta música es nuestra, es única y nos sentimos dueños de ella. Es lo único que tenemos que no tienen otros", dice Rubén Darío en la entrevista en cuestión, donde también se da cuenta de una leyenda chiquitana que afirma que “para atravesar el río del olvido, y reunirse con los antepasados, hay que ser capaz de tocar buena música sobre el lomo de un yacaré, porque sólo los yacarés y un violín desafían el olvido”.

También solo hace algunos meses los bolivianos nos propusimos una tarea que tal vez en el fondo solo unos cuantos creían que era posible: crear en muy poco tiempo un nuevo padrón electoral, biométrico esta vez. Esta desafiante faena fue emprendida por millones de ciudadanos y hoy sabemos que está plenamente cumplida. Se ha superado, hasta la fecha, con casi el 10 % la meta prevista. Una verdadera proeza ciudadana y una indiscutible adscripción a la democracia.

Sí, adscritos a la democracia, porque a pesar de todo, los bolivianos siempre terminamos pactando, al borde de un abismo y buscando desesperadamente el próximo, es verdad, pero mal que bien dentro de las reglas, algo difusas a veces, de la democracia, que ya es un patrimonio colectivo. Y eso no es poca cosa, sobre todo cuando hoy sabemos que, por ejemplo, en el Perú, un país tan parecido al nuestro, y hoy tan dolorosamente lejano, el proceso de emergencia senderista y la consiguiente represión fujimorista costó más de cincuenta mil dolorosas muertes.

Los bolivianos somos apasionados en extremo, siempre nos creemos embarcados en descomunales e inéditas tareas, tal vez porque ejercemos concienzudamente nuestra mediterraneidad y desde las montañas que erigimos –mayores a las que por destino heredamos- es difícil contemplar plenamente al ancho mundo. Pero añoramos plañideramente el azul del mar, nos embanderamos cada 23 de marzo y una marcha militar nos eriza la piel y cuando no, nos arranca uno que otro lagrimón, porque, dicho sea de paso, los bolivianos también lloramos con pasmosa facilidad, sobre todo cuando entre pecho y espalda tenemos un trago demás. Pero sea dicho en nuestro favor que en verdad hay que ser muy severos para no gemir escuchando la “Despedida de Tarija” interpretada, como corresponde, por la banda militar dirigida por el maestro Cuba o “En las playas del Beni” en voz de Gladys Moreno o el Himno Nacional en la versión de Fabio Zambrana, ese camba del chulito que se pasea el mundo siempre con su rotundo “Bolivia” en la frente.

Los bolivianos siempre creímos habitar un territorio demasiado lejano de los oropeles del llamado primer mundo, de quienes tal vez envidiamos algunas cosas y mal copiamos otras, demasiadas, pero persistentemente haciendo perdurar nuestra abigarrada identidad, siempre con un profundo eco de mediterránea soledad. A propósito, ¿qué será estar al otro lado de la luna? se preguntó un día el chaqueño Jesús Urzagasti, luego de escuchar esa afirmación en relación a Bolivia nada menos que de labios de García Márquez, una calida noche habanera, para luego responderse con absoluta certidumbre “Quizás habitar un territorio que se sustrae de la velocidad de un mundo efímero, curioso e insolente, seducido por la moda. Tal vez la soledad sin vuelta de hoja, esquiva al menor signo de frivolidad, insumisa frente al cálculo que delata a los mezquinos. Ni duda cabe: la aspiración de seres innumerables y pródigos, resumida en el ansia de una sociedad fraternal de veras. La verdad brusca de la miseria y el engaño. El silencio de convicciones que no se negocian”.

En cada eliminatoria a los mundiales de fútbol naufragamos en la frustración, pero aún así, cuando previo al último y ya nada decisivo partido, por lo desclasificados que estamos, si nos preguntan por nuestro pronóstico, siempre afirmaremos que ganaremos por más de tres goles. También vivimos con extraordinaria intensidad la política, al extremo que así como se dice que cada argentino es un DT de fútbol, en estas tierras cada boliviano es un vehemente analista político. Y los mejores de ellos, sin duda alguna, los taxistas.

Vivimos tiempos difíciles es verdad, estamos en el epicentro de un complejo proceso de cambio -transición estatal le llaman los analistas- que con sus luces y sombras, está haciendo que, acaso por primera vez en nuestra historia, nos miremos frontalmente en el espejo de la realidad y claro, hay muchas cosas que no nos gustan, nos perviven autoritarismos e intolerancias sin signo político, el egoísmo no nos es ajeno y también descubrimos que algunos desde siempre jugaron haciendo trampas.

Sin dudar creo en las luces de estos tiempos, pero también soy consiente de que las sombras son inevitables, sucede que la historia, como alguien ya lo dijo, no es un escaparate, simplemente ocurre, presa también ella de azares y errores, humana al fin de cuentas, pero lo importante siempre será estar dispuestos a encender una vela en vez de maldecir a la oscuridad, como a su turno lo hicieron los bolivianos a los que acudo para conjurar el olvido y la nostalgia en esta calida noche tarijeña en la que borroneo estas líneas.

24 de septiembre de 2009


Este semáforo nunca se puso en verde.... Muro de Berlín
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9 de septiembre de 2009

Un mundo para Santiago y Martín


Queridos Santiago y Martín:

Quienes pudieron hacer realidad ese viejo sueño de contemplar la tierra desde el espacio la describen como un inmenso globo azul, un planeta fulgurante, bellamente rodeado por una aureola luminosa y casi incandescente. Pero una vez puestos los pies en la tierra –ya descubrirán que sin dejar de soñar es bueno tenerlos así- de pronto nos damos cuenta que no todo es azul, que este mundo que les tocó como morada para consumar la maravillosa aventura de vivir y que hoy recién comienza a revelarse ante sus asombrados e inquisidores ojitos, es una extensa aldea con muchos grises y abundantes sombras.

Descubrirán que en el mundo -y su mundo inmediato es este ultrajado país- hay seres, demasiados, a quienes se les arrebató la dignidad del pan justamente repartido y la elemental certidumbre de un mañana. Sabrán también que esto no es el designio de unos dioses inmisericordes sino la obra premeditada de quienes juegan haciendo trampas.

Sin embargo, jamás permitan que esos negros nubarrones les impidan ver y disfrutar en toda su plenitud las cosas bellas que generosamente la vida les ofrecerá. La claridad y la fragancia de los días del verano, los amaneceres en cualquier estación, solo semejantes a lo que debió ser el mundo en el primer día de la creación, la sonrisa franca de quienes amamos, la sabiduría de los libros y el gozo de la música, pero también la armonía del silencio y una infinidad de cosas que con seguridad ustedes mismos irán descubriendo.

Pero junto a todo eso inevitablemente llegará el día en que les tocará descifrar los misterios del dolor y ojalá que para ese entonces comprendan que paradójicamente éste nos enseña la medida de la felicidad, el valor –que es muy distinto al precio- de lo que perdemos y la urgencia de construirnos, a pesar de todas las adversidades, como seres íntegros y plenos. Para ese entonces también sabrán que llorar es bueno y que no necesariamente es la otra cara del reír, porque de cualquier manera las lágrimas son una ofrenda a lo que la vida pródigamente nos da y que en los malos tiempos creemos que nos arrebata.

Jamás me impondré -tampoco podría hacerlo- la tarea de evitarles los sufrimientos que inevitablemente la vida les deparará, simplemente haré todo lo posible para ayudarles a que armen su corazón de valor, ternura y sabiduría para hacer en cualquier circunstancia, sin importar el costo, lo que su conciencia les dicte, eso será lo correcto, aunque se equivoquen.

Ser feliz es un imperativo, pero también una responsabilidad frente a aquellos que por cualquier razón no pueden serlo. Ustedes lo decidirán, pero les aconsejo que no se propongan cambiar el mundo, sino que con mucha modestia, pero con tesón y sabiduría, hagan todo lo posible para dejarlo un poquito mejor a cómo lo encontraron.

Los caminos que en la vida tendrán que recorrer son un misterio que dejo en manos del tiempo, de los dioses de la vida y del amor que sin reticencias les daremos quienes los rodeamos. Hoy, la única certidumbre que tengo y que mi corazón acaricia con avaricia es saber que con su llegada iluminaron para siempre mis días.

13 de agosto de 2009

Konstantínos Kaváfis: Itaca

Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.

No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Posidón.

Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.

Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Posidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.

Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.

Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.

Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.

30 de julio de 2009

Don Quijote de la Mancha

“Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho;
los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones;
nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos;
la cosa más fácil, equivocarnos;
la más destructora, la mentira y el egoísmo;
nuestra peor derrota, el desaliento;
los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor;
las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para
ser mejores sin ser perfectos,
y sobre todo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia
donde quiera que esté”

(Miguel de Cervantes)

El mundo con barbijo


En el “Diario del año de la peste”, Daniel Defoe da cuenta del terror de las pandemias arrasando las ciudades europeas de ese tiempo, se trataba de tragedias colectivas atribuidas a la crueldad de unos dioses hartos de los devaneos humanos. Mucho tiempo después, en los años sesenta del siglo pasado, Albert Camus, en “La Peste”, recrea ese mundo de horror, pero a diferencia de Defoe, en esa oportunidad, el espíritu de los tiempos de por medio, si bien la peste es espanto colectivo, sobre todas las cosas es un sufrimiento individual, francamente existencial. Es una situación límite que pone al hombre en la más absoluta soledad y a la intemperie frente a sus circunstancias.

A su manera en estos días estamos volviendo a esta condición de soledad, parapetados detrás de un barbijo, sin la certeza de estar realmente protegidos e inermes frente a algo que definitivamente nos sobrepasa. Así, en los tiempos que corren de estos años del milenio apenas inaugurado, pero prematuramente envejecido, la peste, esta vez cifrada en algoritmos, vertiginosamente se expande por todos los confines del mundo.

Pocos creerán, a estas alturas de la creación, que se trata de un castigo divino, cabe suponer. Más aún cuando cada día se hace más evidente que esta pandemia es producto de una actividad económica muy lucrativa: la crianza de cerdos para el consumo humano. Se trata de granjas de propiedad de transnacionales de la industria alimentaria donde estos animales, hoy pavorosamente estigmatizados, son criados en condiciones de hacinamiento tan extremo que se convierten en verdaderas bombas de tiempo incubando innumerables gérmenes que luego de mutar se inocularan en los seres humanos.

Así de pronto amanecimos en un mundo donde los calidos abrazos, el bienaventurado beso o el siempre cómplice apretón de manos han sido proscritos. Y un inocente estornudo en un lugar público es motivo de sospecha y de escarnio. Lo viví en carne propia cuando una inoportuna alergia me jugo una mala pasada en un ascensor lleno de personas que con expresiones de terror se aprestaron a ajustar las correas de sus amparadores barbijos.

En definitiva, en los tiempos que corren, a pesar de la sensación de muchedumbre que nos dan las ciudades cada vez más pobladas, lo cierto es que estamos terminando recluidos en la triste trinchera de un barbijo. Víctimas de una guerra no declarada contra la naturaleza donde al parecer definitivamente triunfarán aquellos que juegan haciendo trampas y que transaron la ética del bien común por el afán del lucro desmedido.

Hoy sabemos que las pesadillas más escalofriantes, atribuidas a la inmisericordia de los dioses, que nos relata la literatura de todos los tiempos, pueden dejar de habitar los libros para instalarse definitivamente en el mundo real. Un mundo donde esos dioses quedaron pequeños, criaturas traviesas al fin de cuentas, frente a la furia de un sistema que no conoce limites, salvo su propia destrucción.

Tendremos que acostumbrarnos resignadamente a todo esto y comenzar a entrenar nuestra imaginación para, por ejemplo, adivinar la belleza de una mujer, a pesar del impertinente barbijo, solo por la luz que irradia de su mirada.

23 de julio de 2008

Bolivia


Cuentan que cuando Casimiro Olañeta tuvo noticias de que tras la batalla de Ayacucho, Sucre, vencedor y ya imparable, se dirigía al Alto Perú para continuar la arremetida de los ejércitos libertadores en contra de los últimos reductos del poder español que ya agotado irremediablemente se extinguía, montó a un caballo y en un incesante galope dio alcance al joven y recientemente nombrado Mariscal para hacer lo que mejor sabía hacer, conspirar e intrigar. Pero esta vez no se trataba de una conjura más, semejante a las que a diario bullían en los pasillos del poder colonial en la leguleyesca Charcas, donde junto a otros “doctorcitos” se había formado y adquirido las destrezas de una oratoria vacía pero convincente, esta vez tenía como misión persuadir a Bolívar, a través del más fiel de sus soldados, de la creación de una nueva República, que “además llevaría el nombre del ilustre caraqueño” cuentan que argumento. Así, a galope de caballo, nació Bolivia.

Pero ese nacimiento tenía sus pecados originales inconfesados hasta ahora. El mayor de ellos, sin duda, que se producía sobre los restos de los verdaderos gestores de la libertad de esta parte del continente: las republiquetas guerrilleras. Exhaustas tras largos años de incesante batallar y sin posibilidades de convertirse en el poder gestor del nuevo país que más allá de los deseos de Olañeta y de las elites a último momento conversas a la gesta de la independencia, era una necesidad en función a equilibrios geopolíticos y otras razones más profundas que el tiempo iría a confirmar.

Asimismo, la nueva República se fundaba sobre el mito de ser la poseedora de un descomunal pero deshabitado territorio, en el que sin embargo ya vivían esos seres que hoy sabemos son parte de una mágica diversidad de pueblos indígenas que con seguridad en ese momento fundacional no tuvieron siquiera noticias de un acontecimiento que les marcaría para siempre el destino. En esa medida, Bolivia era solo una abstracción delirante de elites criollas tardíamente adscritas a la causa republicana, afincadas en ciudades construidas por indios y alimentadas por su sudor en las minas potosinas, los obrajes paceños y los campos cochabambinos.

Ahora recién sabemos, por investigaciones históricas recientes, que las filas de los ejércitos guerrilleros no solo estaban integradas por numerosos líderes indígenas, sino que los ayllus comunales se habían convertido en fuente de sustento y refugio para los indoblegables luchadores. Es decir, los excluidos del festín republicano inaugural, a lo largo de los años precedentes habían construido una fuerte alianza que sin embargo no les serviría para finalmente hacerse del poder. A propósito, Juan Walparrimachi, guerrillero indio y lugarteniente de Juana Azurduy de Padilla, había escrito en uno de sus versos “el sol a todos alumbra / a todos menos a mi” tal vez como una temprana premonición de lo que iría a ser una República que en su difuso esplendor nunca iluminó a todos.

La riqueza de Potosí, una de las razones de la elite criolla para aspirar a un país propio, más allá de su exuberante realidad, iría a convertirse en el mito primigenio que a su manera llegará hasta nuestros días y estampará indeleblemente nuestra vida republicana. Porque el oro y la plata potosinos, que se repetirán en otras riquezas naturales, como el gas en estos tiempos, nos marcarán como una patria de mentalidad minera, es decir acostumbrada a vivir de la explotación inclemente de sus recursos sin apenas pensar en el día en que estos inevitablemente se agotarán. Así, primero la minería y ahora el gas, ordenaron nuestra vida, fundaron imperios, alumbraron elites, erigieron y tumbaron gobiernos, y en su tiempo nos llevaron a crueles guerras internacionales, pero sobre todo, atroz paradoja, nos hicieron cada vez más pobres. Pero irónicamente, este país de siempre pobres, fue la cuna de uno de los hombres más ricos del mundo, con títulos nobiliarios adquiridos a peso de oro de la siempre pragmática y no pocas veces quebrada nobleza europea.

Así, a imagen y semejanza de una elite de mentalidad minera, incapaz de mirar al país en toda su extensión territorial y ajena a la diversidad social que hoy sabemos se cristaliza en más de treinta pueblos indígenas, se fue construyendo una república asentada en unos cuantos centros urbanos donde el poder político era ordenado por los detentadores de la riqueza natural de turno, mientras una extensa periferia de comarcas sumidas en el olvido languidecían en un sueño provinciano ajeno a los destellos de ciudades que aspiraban a parecerse a las metrópolis europeas, primero, y norteamericanas luego, consiguiendo en el intento ser apenas bochornosas caricaturas.

Luego vendría una larga y trágica historia de cuartelazos y motines palaciegos, también otros simplemente obrados a campo traviesa, porque hasta bien entrada la república el gobierno estaba en la grupa del caballo del caudillo de turno. Más tarde este país perdió un mar que todos hasta ahora añoramos, conoció los rigores de una guerra incomprensible con el Paraguay en los yermos arenales del Chaco, pero también vivió los júbilos de múltiples levantamientos populares y en 1952 una revolución nacional que dio tierras a muchos y ciudadanía a otros, pero que finalmente no llegó a tocar las texturas intimas de una sociedad que para ese entonces ya se había consolidado como un estado con un solo rostro y un hablar monolingüe.

Así llegamos hasta estos días, sosteniendo por diversos medios los pecados de nuestro origen. Porque como alguien dijo, toda sociedad tiene la coyuntura de su estructura, es decir la crisis, perdurable y recurrente, que vive Bolivia, hunde sus raíces en su historia más profunda. Y son dos las rupturas en las que ésta se manifiesta, por una parte, la perdurabilidad de un estado y sociedad excluyentes en lo social y étnico, pero a la par de ello una estructura estatal centralista, propiciadora de marginación y profundas disparidades regionales.

A su vez, ambos quiebres históricos, se hallan surcados por una realidad de pobreza ya del todo inadmisible a estas alturas de la historia. Pobreza, que a su turno, bien puede ser explicada por ambos factores estructurantes de la crisis, pues está ampliamente demostrado que la discriminación étnica es un factor para que la pobreza subsista y, quienes vivimos en territorios marginados, igualmente sabemos que la exclusión regional es un perverso caldo de cultivo de la miseria.

Y es justamente en este espectro de crisis estatal que en diciembre de 2005 irrumpe en la historia nacional el proyecto del Movimiento al Socialismo (MAS) encarnado en Evo Morales, enarbolando una agenda que busca dar respuesta a esa realidad ineludible de exclusión social y étnica, pero asimismo desde las regiones emerge una propuesta que a su vez pugna por dar cuenta de esa otra irresolución histórica de la sociedad boliviana, es decir la exclusión regional, que con el tiempo se traducirá en la demanda de autonomías regionales.

Así vistas las cosas, no tendríamos que estar frente a dos proyectos de sociedad excluyentes entre sí, sino por el contrario, complementarios, interdependientes y que encarados de manera conjunta, deberían generar un nuevo pacto social, inclusivo en lo social y étnico, pero también equitativo en lo regional. Pero las cosas en la realidad de las sociedades no suceden con la diafanidad de los análisis académicos, pues en ellas, los intereses ligados al estado de cosas que se busca cambiar, las visiones ideológicas exacerbadas en las circunstancias de crisis y el afloramiento de extremos maximalistas, cuando no mezquindades de diversa raigambre, le añaden a las coyunturas sociales su dosis de complejidad y conflicto, que es lo que estamos viviendo en estos días.

Son tiempos difíciles por los que transitamos, siempre lo fueron, vientos de odio e intolerancia recorren las calles de este país ya acostumbrado a existir al borde mismo del abismo, pero sin embargo, acaso por primera vez, nos estamos viendo frente al espejo tal como somos, sorprendidos en nuestra desnudez, desmesuradamente diversos, apasionados al extremo, gestores de hazañas pero también tentados por pequeñeces y ciegos egoísmos. No es fácil, el espejo de la realidad nos devuelve una imagen que no nos gusta, porque en ella aún se ve mucho racismo, intolerancia y elites que juegan haciendo trampas, todo eso somos, pero también sueños y esperanzas de un país que por fin alumbre y cobije a todos. Y, tal vez lo más importante de todo, este parto doloroso está ocurriendo en democracia.

16 de abril de 2008

Canto del Agua


Por la ruta que va de Yacuiba a Palos Blancos, hoy he vuelto a bajar del Aguaragüe, majestuoso y aún cubierto por las brumas del amanecer, a Canto del Agua y, una vez más, tuve la certeza de estar en el lugar que posee el nombre más bonito con el que ser humano alguno haya nombrado jamás a un territorio. Y garabateo sin dudar la palabra “certeza” porque de la infinidad de lugares donde algún día amanecí, muchos de ellos con bellos nombres en los más diversos idiomas, ninguno se asemeja siquiera al de esta comunidad del pie de monte chaqueño, por lo sonoro, delicado y musical. Canto del Agua es, además, un lugar de una belleza extraña y sensorial, porque tiene la virtud de despertar los sentidos y ponernos en alerta ante el más imperceptible de los murmullos -al amanecer solo el canto de los pájaros- y librados a los aromas de la tierra siempre recién llovida, porque ante un nuevo día, este lugar eternamente parece estar renaciendo de un pertinaz e inmemorial aguacero. Pero también, con no poca frecuencia, Canto del Agua posee el embrujo preciso para predisponernos a la nostalgia y a los rigores de la memoria. Es decir, ponernos al desnudo y, lo más terrible de todo, solos frente a nosotros mismos.Y cuando uno se mira frente al espejo inexistente pero implacable de un paisaje casi irreal por lo desmesurado de su belleza, no queda ninguna posibilidad de huida y nadie, así sea solo en la forma de una exigua voz humana salvadora, vendrá en tu ayuda, porque la belleza sin medida suele condenarte a soledades también sin medida. Estás poseso de ella y la disfrutas avariciosamente, a sabiendas de que tal vez en ello se te vaya la vida.Eso sentí yo cuando hace ya tantos años estuve por primera vez en estas tierras y eso siento ahora cuando nuevamente, insomne y vencido, me arrimo a ellas, pero esta vez a sabiendas de lo que me sucedería y es más, deseándolo en lo más íntimo de mi ser. Sucede que desde que salí del Chaco deje de tener noticias de mi mismo y, de alguna manera, me convertí en un desterrado. Poseído, por primera vez en mi vida, de la sensación de estar fuera del lugar que me corresponde en este mundo y sin el calido amparo de las voces que acunaron en dulce guaraní mis años chaqueños. Ahora caigo en cuenta que corro el riesgo de quedar por siempre condenado a las severidades de un eterno exilio y por ello escribo febrilmente estas líneas, con la esperanza de tender puentes a ese mundo que se me escabulle de entre las manos y acaso así también conjurar las tentaciones de la nostalgia y de un vivir siempre a la intemperie.Sé que la felicidad no existe, por ello, como alguien ya lo descubrió, siempre intente ser feliz prescindiendo de ella. No se si lo logre, pero sin ninguna duda si en algún tiempo fui feliz fue recorriendo estas tierras chaqueñas acompañado por los seres más entrañables que la vida me deparó en mis múltiples caminares.

La novela de Jesús Urzagasti

Siempre me quedó la duda sobre si Jesús Urzagasti ha escrito varias novelas o en realidad desde siempre está escribiendo una sola, eternamente inacabada, inacabable en realidad, acaso porque a los mundos que frecuenta, mágicos y escurridizos, no es posible emboscarlos de una sola vez y para siempre, pues los seres y territorios que convoca Jesús a través de los ritos de las palabras permanentemente requieren ser nombrados, restituidos a la vida y así ocupar un lugar en el mundo que de otra manera les estaría vedado.

Igualmente me queda la duda, a pesar de las pruebas irrefutables que indican lo contrario, si en realidad Jesús Urzagasti salio alguna vez del Chaco, porque indudablemente los hechizos de estas tierras impregnan cada una de las páginas de su obra, pero no como ecos de nostálgica ausencia o como un ejercicio de mera reminiscencia sino como una presencia tan viva que no es posible dejar de estremecerse al sentir que de sus palabras emanan los aromas del monte chaqueño y al dar vuelta las hojas cómo no saberse acariciados por el mismismo frescor de los inigualables amaneceres de la provincia entrañable.

En efecto, como no estremecerse cuando el Chaco se hace vida en palabras como éstas: “Es tierra parda y humilde, aunque las ondulaciones de los cerros le atribuyen un carácter decididamente misterioso. Con ser única, su estampa se transforma y no se entrega fácilmente al observador. Si es un indio guaraní quien la mira, asume la imagen de una flor silvestre, verde por un lado y colorada por el otro, con los atributos de lo divino y lo demoníaco. En cambio cuando de le aproxima el perverso, lo extravía hasta depurarlo; en parajes donde sólo las sombras mandan, le anuncia la redención”.

Por ello yo siempre consideré que Jesús Urzagasti no solo es un escritor nacido en la Provincia del Gran Chaco, como lo testimonian las escuetas biografías que figuran en las solapas de sus libros, sino es un escritor esencialmente en-el-Chaco o, dicho de otro modo, un ser-medularmente-chaqueño.

Y esa presencia viva del Chaco en Jesús y su obra, que tal vez algunos convengan en llamar chaqueñidad, obviamente entraña un compromiso y tiene sus consecuencias. La primera de ellas, sin duda, la responsabilidad de saberse portador de las palabras imprescindibles para nombrar y hacer visible un mundo habitado por seres que discurren su vida ajenos a los resplandores y bullicios del país oficial. Seres, pienso en los indígenas chaqueños por ejemplo, poseedores de una sabiduría difícil de entender en estos días, pero que con seguridad de ser escuchados nos ahorrarían buena parte del camino necesario para adentrarnos en las profundidades de ese misterioso territorio que es el alma humana.

Pero también el-ser-chaqueño de Jesús le impone la tarea de hacer comulgar dos mundos que con frecuencia no se encuentran en nuestro país: el de las provincias y el de las grandes ciudades.

Asimismo, escudriñar con terquedad la memoria, convocar a los muertos y tender puentes entre ellos, entre éstos y nosotros, en fin, hacer de intermediario entre aquellos que en vida no les fue dado el milagro de conocerse, es un oficio lleno de contingencias pero que Jesús Urzagasti se lo impone como un deber en las paginas de esa inacabable novela en la que con una terquedad proverbialmente chaqueña empeña días y noches.

Ahora que escribo estas páginas, dictadas por el afecto y la admiración ante quien considero mi maestro, caigo en cuenta que el Chaco en virtud a la obra de Jesús dejo de ser una mera referencia geográfica para convertirse en una forma esencial de ver y estar en el mundo. Un ver que en esencia no es otra cosa que la sensibilidad precisa para mirar más allá de los datos inmediatos de la realidad y un estar en el mundo como un arraigo casi religioso a la tierra. Una forma de ver y estar en el mundo imprescindibles para desentrañar las encrucijadas que la vida nos depara en estos tiempos con demasiada frecuencia opacos.

Escritores que como Jesús van directamente “del corazón a sus asuntos” tal cual reclamaba para sí mismo Miguel Hernández, nos dan la certidumbre de que gracias a dios la literatura todavía existe, pero no como una artificiosa creación a la medida de los regustos de los mercados, ni tampoco para rendir pleitesías al poder, sino como una responsabilidad con los dolores del mundo, pero también para procurarnos infinitos gozos y por supuesto para exorcizar demonios que solo dan tregua cuando las palabras alcanzan un orden en el papel y por fin dejan de pertenecernos.

De esa manera, En el país del silencio es posible encontrar claves fundamentales que nos dan la convicción de que este país, castigado y vilipendiado, es una realidad, como es una realidad la nación boliviana. Han pasado demasiadas cosas en estas castigadas tierras, inconmensurables desconsuelos y desbordantes gozos, como para no dar cabida a la ineludible certidumbre de un ser nacional, inacabado y permanentemente acechado, pero siempre cierto y revivido. Esa es para mí la mayor certidumbre que nos ofrece el libro que hoy presentamos.

(Texto leído en la presentación a la segunda edición de En el país del silencio de Jesús Urzagasti)

Llueve

es domingo por la tarde
y llueve sobre La Habana
hace días que llueve sobre la ciudad
sobre el mar encrespado
sobre la tristeza de la tarde
sobre mi

la distancia,
la lluvia
y el mar encrespado
la tristeza de la tarde
y tu ausencia sin medida
todo eso llueve sin tregua sobre mi

15 de noviembre de 2007

África, según Ryszard Kapuscinski


Este año se fue Ryszard Kapuscinski, a manera de recordarlo periodicamente

compartire fragmentos de escritos suyos

Hambre, niños-esqueléticos, tierra tan seca que se resquebraja, chabolas llenando las ciudades, sin ropa sin medicinas, sin pan ni agua. De modo que el mundo se apresura a socorrerla. Igual que en el pasado, África es hoy contemplada como un objeto, como reflejo de una estrella diferente, terreno de actuaciones de colonizadores, mercaderes, misioneros, etnógrafos y toda clase de organizaciones caritativas (sólo en Etiopía su número supera las ochenta).

Sin embargo, más allá de todo esto, África existe para sí misma y dentro de sí misma, como un continente aparte, eterno y cerrado, tierra de bosques de plátanos, de campos de mandioca, pequeños e irregulares, de selva, del inmenso Sáhara, de ríos que van secándose lentamente, de florestas cada vez más ralas, de ciudades monstruosas y cada vez más enfermas; como una parte del mundo cargada con una especie de electricidad inquieta y violenta.

31 de octubre de 2007

Canto del Agua

Por la ruta que va de Yacuiba a Palos Blancos, hoy he vuelto a bajar del Aguaragüe, majestuoso y aún cubierto por las brumas del amanecer, a Canto del Agua y, una vez más, tuve la certeza de estar en el lugar que posee el nombre más bonito con el que ser humano alguno haya nombrado jamás a un territorio. Y garabateo sin dudar la palabra “certeza” porque de la infinidad de lugares donde algún día amanecí, muchos de ellos con bellos nombres en los más diversos idiomas, ninguno se asemeja siquiera al de esta comunidad del pie de monte chaqueño, por lo sonoro, delicado y musical. Canto del Agua es, además, un lugar de una belleza extraña y sensorial, porque tiene la virtud de despertar los sentidos y ponernos en alerta ante el más imperceptible de los murmullos -al amanecer solo el canto de los pájaros- y librados a los aromas de la tierra siempre recién llovida, porque ante un nuevo día, este lugar eternamente parece estar renaciendo de un pertinaz e inmemorial aguacero. Pero también, con no poca frecuencia, Canto del Agua posee el embrujo preciso para predisponernos a la nostalgia y a los rigores de la memoria. Es decir, ponernos al desnudo y, lo más terrible de todo, solos frente a nosotros mismos.

Y cuando uno se mira frente al espejo inexistente pero implacable de un paisaje casi irreal por lo desmesurado de su belleza, no queda ninguna posibilidad de huida y nadie, así sea solo en la forma de una exigua voz humana salvadora, vendrá en tu ayuda, porque la belleza sin medida suele condenarte a soledades también sin medida. Estás poseso de ella y la disfrutas avariciosamente, a sabiendas de que tal vez en ello se te vaya la vida.

Eso sentí yo cuando hace ya tantos años estuve por primera vez en estas tierras y eso siento ahora cuando nuevamente, insomne y vencido, me arrimo a ellas, pero esta vez a sabiendas de lo que me sucedería y es más, deseándolo en lo más íntimo de mi ser. Sucede que desde que salí del Chaco deje de tener noticias de mi mismo y, de alguna manera, me convertí en un desterrado. Poseído, por primera vez en mi vida, de la sensación de estar fuera del lugar que me corresponde en este mundo y sin el calido amparo de las voces que acunaron en dulce guaraní mis años chaqueños. Ahora caigo en cuenta que corro el riesgo de quedar por siempre condenado a las severidades de un eterno exilio y por ello escribo febrilmente estas líneas, con la esperanza de tender puentes a ese mundo que se me escabulle de entre las manos y acaso así también conjurar las tentaciones de la nostalgia y de un vivir siempre a la intemperie.

Sé que la felicidad no existe, por ello, como alguien ya lo descubrió, siempre intente ser feliz prescindiendo de ella. No se si lo logre, pero sin ninguna duda si en algún tiempo fui feliz fue recorriendo estas tierras chaqueñas acompañado por los seres más entrañables que la vida me deparó en mis múltiples caminares.